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Por Paz Montalbán

Liceómanas, locas, tontas, ateas, madres desnaturalizadas, club de las maridas, casino de señoras, revolucionarias “irredentas”, criminales, enemigas de la familia cristiana, desertoras del hogar…

Estos son algunos de los apelativos que recibieron las integrantes del Lyceum Club Femenino. Esta hostilidad pretendía ser un freno a las inquietudes e ilusiones de estas mujeres, pero mi grata sorpresa fue que ellas no se rindieron, todo lo contrario, siguieron su camino a pesar de la aversión de la sociedad patriarcal y de la Iglesia católica. En palabras de María Teresa León se quería destruir la sublevación de las faldas.

No era para menos, el patriarcado veía peligrar su monopolio, ya que estas mujeres modernas rechazaron el papel de ángel del hogar que se les había adjudicado y pusieron su empeño en entrar y participar en la esfera pública. Ya lo apuntaba Shirley Mangini, esta institución fue, como rezaba el título de un estupendo artículo sobre el Lyceum, “Un refugio feminista en una capital hostil”.

Este espíritu de lucha y de reivindicación fue el que me cautivó cuando conocí la historia del Lyceum Club. Todas estas mujeres unieron sus capacidades, su talento, sus vivencias y sus ideas para progresar hasta conseguir sus objetivos, perseveraron sin tregua.

Como las descalificaciones no produjeron el efecto previsto, la misoginia en su estado más puro fue el arma que utilizaron eminentes hombres del momento para minar y desacreditar los lícitos deseos de unas mujeres cultas y preparadas.

Me causó una gran repulsión comprobar cómo grandes nombres de la historia de España como Ortega y Gasset, Gregorio Marañón o Ramón y Cajal, entre otros, se ofuscaron en defender a capa y espada que la mujer era un ser inferior biológica y socialmente. Se apoyaban en teorías pseudocientíficas, según las cuales la mujer debía permanecer en el ámbito doméstico para cuidar de su descendencia y del hogar, bajo el pretexto de su debilidad física, mental y emocional. Argumentos, que por otra parte, no están tan alejados del discurso actual de algunos políticos o miembros de la Conferencia Episcopal… ¿No os parece? Aquí dejamos una perla del científico y médico Gregorio Marañón:

Insistimos una vez más en el carácter sexualmente anormal de estas mujeres que saltan al campo de las actividades masculinas y en él logran conquistar un lugar preeminente. Agitadoras, pensadoras, artistas, inventoras: en todas las que han dejado un nombre ilustre en la Historia se pueden descubrir los rasgos del sexo masculino, adormecido en las mujeres normales, y en ellas se alza con anormal pujanza, aunque sean compatibles con otros aspectos de una feminidad perfecta. (“Tres ensayos sobre la vida sexual” 1927, págs. 139-140).

¿No os revuelve las entrañas? Pues ahí no quedó la cosa.

Otra fuente generadora e inacabable de misoginia fue las influencias filosóficas de la llamada Generación del 98. Es conocida la huella que dejaron filósofos marcadamente misóginos como Schopenhauer, Kierkegaard o Nietzsche que impregnaron el pensamiento de los intelectuales de la época. De este modo, podríamos hablar de una doble misoginia, una procedente de la tradición y otra procedente de las influencias intelectuales. Ahí no es nada…

El Lyceum Club solo aceptaba a mujeres como socias, sin embargo, se realizaron varios actos en los que participaron hombres. Nosotras siempre hemos tenido más inteligencia emocional.

Tal y como cita Shirley Mangini, hombres como García Lorca, Ricardo Baeza, Unamuno, Benjamín Jarnés o Alberti aceptaron colaborar con esta institución exclusivamente femenina, pero Jacinto Benavente, por ejemplo, se negó a entrar a este “antro” femenino y pronunciar una conferencia a tontas y a locas. Él fue la voz de uno de los muchos que rechazaban con ahínco este “club de las maridas”, dicho en tono burlesco, por tratarse de una organización que comprendía un gran número de mujeres cónyuges de hombres prominentes del momento.

Es absolutamente admirable que ante tanta descalificación y desprecio siguieran trabajando para construir la igualdad y la justicia. Por esta razón, mujeres como Victoria Kent y Matilde Huici, abogadas de profesión, se encargaron de encabezar una lucha legal para suprimir leyes injustas que existían en ese momento y defender el Lyceum Club de los ataques sufridos.

La sección social del Lyceum Club organizó cursillos de Derecho impartidos por mujeres de la talla de Victoria Kent, Matilde Huici y Clara Campoamor, todas ellas abogadas de profesión. Se quería impulsar la participación activa de la mujer en la vida ciudadana y el debate sobre las cuestiones que les afectaban. Se llegaron a formar incluso comisiones de estudio para reformar el Código Civil y Penal. Se pidió al gobierno la supresión del artículo 57 del Código Civil y del artículo 438 del código Penal, por ser leyes que atentaban contra el “mínimum de los derechos humanos” como ellas lo nombraban. Es muy probable que el debate sobre el sufragio femenino también brotara en el seno del Lyceum.

La utopía de estas mujeres cobró fuerza gracias al convencimiento de lo necesario que era la educación para luego integrarse en la vida pública o profesiones desde las que luchar por sus derechos.

No sé vosotras. Pero yo cada vez que profundizo más sobre estas mujeres, más orgullosa me siento de toda esta generación. Fue una batalla cuerpo a cuerpo contra el patriarcado y sin duda alguna consiguieron logros inimaginables a finales del s. XIX.

Nos encantaría recibir vuestros comentarios. Seguiremos la huella de estas “criminales” sin descanso, nos quedan muchas otras cosas por descubrir y admirar.

Y una cosa la tenemos muy clara: no eran ni tontas ni locas.

¿Nos acompañáis en este camino?

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